GALATEA

Gal atea
Paper. 2019

Galatea 2
El ejemplo clásico más conocido de una estatua que cobra vida gracias a la magia por una orden divina es el mito de Pigmalión y su amor hacia una estatua de marfil desnuda que él mismo esculpió. La versión de Ovidio (Metamorfosis 10.243-297) constituye el relato más vívido y detallado sobre Pigmalión. El joven escultor está desencantado con las vulgares mujeres de verdad, así que talla una virginal doncella para sí mismo. En el imaginario moderno, a menudo su estatua se presenta de mármol, pero en el mito es de marfil. Su doncella eboraria parece tan real que inmediatamente «hunde en su corazón un fuego por un cuerpo fingido»; Pigmalión acaricia su figura perfecta con fascinación y deseo, pues cree que si la aprieta demasiado puede amoratarla de verdad. Colma la estatua de regalos y palabras de amor. En el templo de Afrodita, suplica a la diosa que haga que cobre vida su «simulacro de mujer».
Pigmalión regresa a casa y, de nuevo, hace el amor con su fantástica mujer de marfil. Para su sorpresa, la estatua se vuelve tibia al besarla y, cuando la abraza, su cuerpo se transforma en carne. […] Bajo las caricias de su creador, la estatua de Pigmalión despertó a la consciencia y «se ruborizó» con timidez. Afrodita había respondido a sus plegarias.

Dioses y robots. Mitos, máquinas y sueños tecnológicos en la antigüedad. Adrienne Mayor

ENIGMA

Paper. 2019

viento marron ok wp
La estatuaria dialoga ante todo con el pasado, con los dioses y con Dios, reanudando la «vieja relación del hombre con el universo». Forma parte de la arquitectura, decora, simboliza, ilustra, significa, idealiza, cuenta historias… Con gravedad y para la eternidad, en la grandeza y la pureza. Incorporando lo sublime y lo divino. Belleza y calma. «La belleza exige miramientos», decía Malraux.
La estatuaria celebra esa profunda unión del hombre con sus dioses, pero a menudo la piedra es fría (por no hablar de las efigies funerarias) y soporta la belleza absoluta, desprovista de verdadera humanidad. No tiene consciencia humana ni sentimientos. […]
La dimensión crepuscular y enigmática de esas estatuas erosionadas por el tiempo las convierte en enigmas. Sus miradas, sus gestos, su languidez nos interpelan. Oigo sus voces. ¿Qué parecen decir? Oigo una queja y una llamada. Me rindo de admiración ante ellas, portadoras de algo borrado, un pasado, otra vida olvidada, rastros de ayer.
El hombre que camina. Franck Maubert