L’“esperança”. Acte que ens mou i ens ajuda a continuar endavant, amb la confiança i l’optimisme en el futur i la creença de poder assolir una determinada fita.
«La esperanza es eso con plumas que se posa en el alma y canta la melodía sin palabras que nunca cesa, nunca.»
Desciende el sol por el oeste, brilla el lucero vespertino; los pájaros están callados en sus nidos, y yo debo buscar el mío. La luna, como una flor en el alto arco del cielo, con deleite silencioso, se instala y sonríe en la noche.
El efecto de la máscara es principalmente hacia afuera. Crea un personaje. La máscara es intocable y establece una distancia entre el espectador y ella. […] La rigidez de la forma deviene rigidez también de la distancia: que no cambie en lo más mínimo es lo que tiene de fascinante. Porque inmediatamente tras la máscara comienza el misterio. […] «Yo soy exactamente lo que ves -dice la máscara- y todo lo que temes detrás». Fascina y al mismo tiempo impone una distanca. Nadie osa poner la mano sobre ella. El arrancarla está penado con la muerte. Ella es -durante el plazo de su actividad- intocable, invulnerable, sacra. Lo cierto de la máscara, su ser distinto, está cargado de incertidumbre. Su poder descansa en que se la conoce con precisión, sin poder saber jamás qué contiene. Se la conoce desde fuera, por decir así, solo de frente.
Η θάλασσα. πώς έγινε έτσι η θάλασσα; […] Κι όμως ήταν γλυκό το κύμα όπου έπεφτα παιδί και κολυμπούσα κι ακόμη σαν ήμουν παλικάρι καθώς έψαχνα σχήματα στα βότσαλα, γυρεύοντας ρυθμούς, μου μίλησε ο θαλασσινός Γέρος: «Εγώ είμαι ο τόπος σου ίσως να μην είμαι κανείς αλλά μπορώ να γίνω αυτό που θέλεις». «Τρία κρυφά ποιήματα». Γιώργος Σεφέρης.
El mar. ¿Cómo llegó el mar a ser así? […] Y sin embargo qué dulce el oleaje en que de niño me zambullía y nadaba e incluso cuando de muchacho buscaba figuras en las piedras, persiguiendo cadencias, me habló el Viejo del Mar: «Yo soy tu lugar; quizá no sea nadie pero puedo convertirme en lo que tú quieras».
En escena IV, ‘Tres poemas secretos’. Yorgos Seferis
Visité una frondosa floresta que aquellos montañeses denominan Bosque Viejo, singular por la altura de sus troncos, que supera con mucho la del campanario de San Calimero. Pude percibir que en aquellos árboles habitan unos genios que viven también en los bosques de otras regiones. Las gentes del valle, a las que pedí información, parecían desconocer su existencia. Creo que en cada tronco hay un genio, que a veces sale de él adoptando la forma de un animal o de un hombre. […] Su fuerza, como así se demostró, no podía compararse en modo alguno con la de los hombres. Su vida estaba ligada a la existencia de sus árboles respectivos, y por eso duraba cientos y cientos de años. […] Parece ser, además, que conocían perfectamente el riesgo de ser aniquilados por los hombres si éstos se decidían a talar los árboles. Lo cierto es que uno de los genios, sin que los habitantes de Fondo lo imaginaran, trabajaba desde hacía muchos años para evitar el desastre: era Bernardi.
El ejemplo clásico más conocido de una estatua que cobra vida gracias a la magia por una orden divina es el mito de Pigmalión y su amor hacia una estatua de marfil desnuda que él mismo esculpió. La versión de Ovidio (Metamorfosis 10.243-297) constituye el relato más vívido y detallado sobre Pigmalión. El joven escultor está desencantado con las vulgares mujeres de verdad, así que talla una virginal doncella para sí mismo. En el imaginario moderno, a menudo su estatua se presenta de mármol, pero en el mito es de marfil. Su doncella eboraria parece tan real que inmediatamente «hunde en su corazón un fuego por un cuerpo fingido»; Pigmalión acaricia su figura perfecta con fascinación y deseo, pues cree que si la aprieta demasiado puede amoratarla de verdad. Colma la estatua de regalos y palabras de amor. En el templo de Afrodita, suplica a la diosa que haga que cobre vida su «simulacro de mujer». Pigmalión regresa a casa y, de nuevo, hace el amor con su fantástica mujer de marfil. Para su sorpresa, la estatua se vuelve tibia al besarla y, cuando la abraza, su cuerpo se transforma en carne. […] Bajo las caricias de su creador, la estatua de Pigmalión despertó a la consciencia y «se ruborizó» con timidez. Afrodita había respondido a sus plegarias.
Dioses y robots. Mitos, máquinas y sueños tecnológicos en la antigüedad. Adrienne Mayor